19 ene. 2013

ENRIQUE IV, de William Shakespeare

Traduzco para leer... y para escribir. Hace algún tiempo tuve una fiebre sespiriana y traduje de un tirón Macbeth, Hamlet, Otelo, Julio César (me ha salido un endecasílabo involuntario) y Rey Lear. Cuando estaba a la mitad de Antonio y Cleopatra, la fiebre desapareció. Han pasado algunos años y cada vez que he intentado acabar la traducción de esta última, he tenido que renunciar a ello. Mi propósito entonces era traducir las doce tragedias de Shakespeare. Un proyecto demasiado ambicioso para alguien indolente. Recientemente, una lectura de Harold Bloom sobre el personaje Falstaff me ha impulsado a traducir Enrique IV y en ello estoy.

Con todos los respetos a la ingente y merioria labor de D. Luis Astrana Marín, creo que a Shakespeare hay que traducirlo en verso cuando escribe en verso; porque el teatro es un arte oral, aunque pueda leerse como hacía san Anselmo. Traigo aquí el monólogo de Hotspur del acto I, escena III, una buena muestra de las mejores virtudes de Shakespeare al caracterizar un personaje. Hotspur es un guerrero victorioso que ha provocado la cólera del rey al negarle a su enviado la entrega de los prisioneros hechos en la batalla. Su disculpa lo retrata.  

HOTSPUR
Señor, yo no negué los prisioneros,
pero recuerdo que, al cesar la lucha,
sediento yo por el esfuerzo extremo,
apoyado en mi espada y sin aliento,
llegó cierto señor, limpio, atildado,
tan fresco como un novio, y su barbilla
como un rastrojo en tiempo de cosecha.
Iba, como un mercero, perfumado,
y entre índice y pulgar entretenía
una cajita, que de vez en cuando,
llevaba a su nariz y la alejaba,
sin alterar su charla y su sonrisa.
Y, como los soldados trasladaban
los cuerpos muertos cerca, los llamaba
pícaros ignorantes sin maneras,
por traer entre el viento y su nobleza
un sucio y feo cadáver.
Abundante en remilgos y lindezas,
me estuvo interrogando, y entre el resto,
pidió mis prisioneros en el nombre
de vuestra majestad. Yo, que sufría
mis heridas que entonces se enfriaban,
molesto por la cháchara del loro
a causa del dolor y la impaciencia,
respondí negligente no sé cómo
que los tendría o no; me enloquecía
verlo brillar tan fresco, oler tan dulce
y hablar como una dama de la reina
de armas de fuego, heridas y tambores.
¡Cielo santo! Y decir que el gran remedio
para una herida interna era el esperma
de cachalote, y que era una gran lástima,
lo dijo así, que ese salitre inmundo
que tantos buenos mozos destruía,
tuviera que excavarse en las entrañas
de la inocente tierra, y si no fuera
por tal vileza, él se haría soldado.
A esta charla incoherente y sin sentido
respondí, como dije, poco atento;
y os suplico, señor, no permitáis
que su informe se cruce entre mi afecto
y vuestra majestad.
 

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