19 ene. 2013

ENRIQUE IV, de William Shakespeare

Traduzco para leer... y para escribir. Hace algún tiempo tuve una fiebre sespiriana y traduje de un tirón Macbeth, Hamlet, Otelo, Julio César (me ha salido un endecasílabo involuntario) y Rey Lear. Cuando estaba a la mitad de Antonio y Cleopatra, la fiebre desapareció. Han pasado algunos años y cada vez que he intentado acabar la traducción de esta última, he tenido que renunciar a ello. Mi propósito entonces era traducir las doce tragedias de Shakespeare. Un proyecto demasiado ambicioso para alguien indolente. Recientemente, una lectura de Harold Bloom sobre el personaje Falstaff me ha impulsado a traducir Enrique IV y en ello estoy.

Con todos los respetos a la ingente y merioria labor de D. Luis Astrana Marín, creo que a Shakespeare hay que traducirlo en verso cuando escribe en verso; porque el teatro es un arte oral, aunque pueda leerse como hacía san Anselmo. Traigo aquí el monólogo de Hotspur del acto I, escena III, una buena muestra de las mejores virtudes de Shakespeare al caracterizar un personaje. Hotspur es un guerrero victorioso que ha provocado la cólera del rey al negarle a su enviado la entrega de los prisioneros hechos en la batalla. Su disculpa lo retrata.  

HOTSPUR
Señor, yo no negué los prisioneros,
pero recuerdo que, al cesar la lucha,
sediento yo por el esfuerzo extremo,
apoyado en mi espada y sin aliento,
llegó cierto señor, limpio, atildado,
tan fresco como un novio, y su barbilla
como un rastrojo en tiempo de cosecha.
Iba, como un mercero, perfumado,
y entre índice y pulgar entretenía
una cajita, que de vez en cuando,
llevaba a su nariz y la alejaba,
sin alterar su charla y su sonrisa.
Y, como los soldados trasladaban
los cuerpos muertos cerca, los llamaba
pícaros ignorantes sin maneras,
por traer entre el viento y su nobleza
un sucio y feo cadáver.
Abundante en remilgos y lindezas,
me estuvo interrogando, y entre el resto,
pidió mis prisioneros en el nombre
de vuestra majestad. Yo, que sufría
mis heridas que entonces se enfriaban,
molesto por la cháchara del loro
a causa del dolor y la impaciencia,
respondí negligente no sé cómo
que los tendría o no; me enloquecía
verlo brillar tan fresco, oler tan dulce
y hablar como una dama de la reina
de armas de fuego, heridas y tambores.
¡Cielo santo! Y decir que el gran remedio
para una herida interna era el esperma
de cachalote, y que era una gran lástima,
lo dijo así, que ese salitre inmundo
que tantos buenos mozos destruía,
tuviera que excavarse en las entrañas
de la inocente tierra, y si no fuera
por tal vileza, él se haría soldado.
A esta charla incoherente y sin sentido
respondí, como dije, poco atento;
y os suplico, señor, no permitáis
que su informe se cruce entre mi afecto
y vuestra majestad.
 

25 sept. 2012

BEATUS ILLE, de Horacio

Horacio es, con Virgilio, el fundamento de toda la poesía occidental. John Dryden, que lo tradujo, lo llamó “esclavo de corte bien educado”. Es cierto que elogió a Octavio Augusto, aunque hay que reconocer que éste hizo bastante para merecerlo. Horacio luchó contra él en Filipos, junto a Bruto, por lo que le expropiaron sus tierras. En todo caso, Dryden, que desfiló con Milton ante el cadáver de Cromwell y escribió después un panegírico al rey en su coronación, no tiene mucho crédito en esta materia. También sabemos por el mismo Horacio (relicta non bene parmula) que abandonó su escudo en la retirada de Filipos, pero parece sospechoso que dos de sus poetas favoritos, Alceo y Arquíloco, hubieran hecho lo mismo en su día. Incluso se dice que lo hizo Anacreonte. ¿No sería una fórmula para confesar la derrota?

   Beatus ille es el segundo de los Épodos de Horacio y da lugar al tópico de la vida retirada, cuya más alta expresión poética en castellano logró fray Luis de León. El poema está compuesto por versos alternados de seis y cuatro yambos (el yambo es un pie de dos sílabas, una breve y otra larga). Lo he traducido alternando endecasílabos y heptasílabos.

    El épodo era una forma poética griega de carácter acusatorio, incluso soez, que había practicado con mordacidad Arquíloco. Horacio la suaviza, pero no la deforma. Después de sesenta y seis versos de menosprecio de corte y alabanza de aldea, en los cuatro versos finales justifica el épodo.

   Cuando Horacio escribió el Beatus ille ya había recibido de Mecenas como regalo su finca de la Sabina, que tan feliz le hizo. 


“Feliz aquel que, ajeno a los negocios,
como los primitivos,
labra tierra paterna con sus bueyes
libre de toda usura;
que no oye el agrio son de la corneta,
ni teme el mar airado,
y evita el Foro y las soberbias puertas
de los más poderosos;
y los largos sarmientos de las vides
une a los altos álamos,
o contempla de lejos su vacada
en un valle apartado;
y, las ramas inútiles podando,
injerta otras más fértiles,
o guarda espesa miel en limpias ánforas,
o esquila sus ovejas.
O, cuando Otoño adorna su cabeza
de fruta sazonada,
cómo goza coger peras de injerto
y las uvas de púrpura,
que a ti, Príapo, da y a ti, Silvano,
que cuidas de las lindes.
Grato es yacer bajo una vieja encina
o sobre espeso prado.
Mientras, fluye el arroyo por su cauce, 
trina el ave en el bosque
y hay un rumor de fuentes manantiales
que invita a sueños leves.
Pero, en invierno, cuando Jove envía 
lluvias y nieves juntas,
acosa al jabalí con su jauría
a las abiertas trampas,
o extiende redes ralas con un palo,
engaños para tordos,
y la liebre y la grulla coge a lazo,
presas muy agradables.
Ante estos goces, ¿quién no olvidaría
las penas que Amor trae?   
Mas si una mujer fiel cuida en su parte
de la casa y los hijos, 
como una de Sabina o bien de Apulia
por soles abrasada,
apila en el lar sacro leña seca
para su hombre cansado,
y, llevando al redil la grey alegre,
ordeña las ovejas,
y saca del barril vino del año
e improvisa una cena,
no me placieran más ostras lucrinas,
o escaro o rodaballo,
si el invierno en las olas orientales
en este mar los vierte.
Ni ave africana, ni faisán de Jonia
descienden en mi vientre
con más gusto que olivas escogidas
en las ramas del árbol,
o la acedera, amante de los prados,
y las salubres malvas,
o un cabrito salvado de los lobos,
o un cordero en las fiestas.
En la mesa, qué bien ver las ovejas
recogerse de prisa,
ver los bueyes exhaustos arrastrando 
la reja, el cuello flojo,
ver esclavos nacidos en la casa
en torno de los lares.”

Esto enunciado, el usurero Alfio,
campesino futuro,
cobró en los Idus todo su dinero
y lo presta en Calendas.

28 abr. 2011

LOS RECUERDOS, de Giacomo Leopardi

Giacomo Leopardi (1798-1837) escribe Le ricordanze, su poema más autobiográfico, en Recanati, su "salvaje burgo natal", en el verano de 1829. Había vuelto a él en el otoño anterior por la muerte de su hermano Luigi, ocurrida en el mes de mayo, ya que su familia "no espera otro consuelo que mi regreso".
  
   En diciembre escribe a un amigo: "La estancia en Recanati ciertamente no me agrada, y mi salud la padece bastante; pero mi padre no tiene el poder o la voluntad de mantenerme fuera de casa; hago cuenta que mi vida se haya acabado". El día final de 1828 escribe a unas amigas: "En cuanto a Recanati, os respondo que partiré, escaparé, huiré de aquí tan pronto como pueda; pero ¿cuándo podré? […] Entretanto, estad seguras de que mi intención no es permanecer aquí, donde no veo a otros que los míos de casa, y donde moriría de rabia, de aburrimiento y de melancolía, si se muriera de estos males".
  
   Esto escribe a otros. Para sí escribe en el Zibaldone (batiburrillo), un cuaderno comenzado a los diecinueve años, en el que acumula reflexiones, esbozos, apuntes, etc. El 2 de enero de 1829 anota: "Mi filosofía culpa de todo a la naturaleza y, disculpando a los hombres totalmente, dirige su odio, o si no el lamento, a principio más alto, al origen verdadero de los males de los vivientes etc. etc. (sic)".

   En mayo continúa la lamentación epistolar: "la mala salud y la tristeza de esta horrenda estancia han acabado conmigo". Y en septiembre, en los días en que está escribiendo Le ricordanze: "Condenado por falta de medios a esta horrible y detestada residencia, y muerto ya a todo goce y toda esperanza, sólo vivo para partir, y sólo invoco el reposo del sepulcro".

   ¿Qué provoca toda esta desesperación? Hay que decir rápidamente que el mayor poeta romántico de Italia es un pobre jorobado de apenas un metro cuarenta de estatura que no ha conocido el amor ni lo conocerá hasta su muerte unos días antes de cumplir los 39 años. Él atribuye su desdicha física a los años de estudio "desesperado" durante su infancia y adolescencia en la formidable biblioteca de su padre, el conde Monaldo Leopardi. La medicina moderna habla de tuberculosis vertebral.

   Leopardi trató de escapar de Recanati al alcanzar la mayoría de edad (21 años), pero fue descubierto y reintegrado a la casa familiar. Antes de este intento sólo había salido del pueblo una vez, con permiso del padre y acompañado por un erudito amigo, para visitar la capital de la provincia, Macerata. Tenía 20 años. "Hasta ese día nunca, literalmente nunca había estado una hora fuera de mi vista y de la madre", escribe el padre a un amigo.

   En noviembre de 1822 viaja por fin a Roma acompañado de dos tíos y una tía maternos y permanece cinco meses en el palacio familiar Antici-Mattei. Luego vuelve a Recanati por dos años.

   Desde julio de 1825 a noviembre de 1828 vive en Milán, Bolonia, Florencia, Pisa y otra vez Florencia, con una sola estancia en Recanati desde noviembre de 1826 a abril de 1827.

   Ésta en la que escribe Le ricordanze será su última visita al pueblo odiado. Partirá el 29 de abril de 1830. No volverá a ver a sus padres. Los siete años que le quedan de vida serían los de su amistad fraternal con Antonio Ranieri. Filial la llamaría éste.

   Meses antes de escribir el poema, Leopardi anota en el Zibaldone: "Un objeto cualquiera, p. e., un lugar, un sitio, un paisaje, por bello que sea, si no despierta ningún recuerdo, no es poético al verlo. El mismo, y también un sitio, un objeto cualquiera, absolutamente impoético en sí, será poetiquísimo al recordarlo. El recuerdo es esencial y principal en el sentimiento poético, no por otra cosa, sino porque el presente, cualquiera que sea, no puede ser poético, y lo poético, de uno u otro modo, se encuentra siempre que consiste en lo lejano, en lo indefinido, en lo vago".

   Después de leer esto, ¿quién traduciría vaghe stelle dell’Orsa por "bellas estrellas de la Osa", una acepción del término italiano vago que no existe en su homónimo español? Las estrellas son lejanas, indefinidas, vagas.


Los recuerdos (1829)


Vagas estrellas de la Osa, nunca
creí volver al hábito de veros
en el jardín paterno relucientes,
y platicaros desde las ventanas
de este casón donde viví muchacho,
y vi el final de toda mi alegría.
¡Cuánta imagen y cuánta fantasía
creó en mi mente un tiempo vuestra vista
y de las luces compañeras vuestras!
¡Cuando, callado, echado en verde hierba
me pasaba gran parte de las noches
mirando el cielo y escuchando el canto
de la rana remota en la campiña!
La luciérnaga erraba entre los setos
y los parterres, susurrando al viento
los fragantes senderos y cipreses
allá en el bosque; bajo el patrio techo
oía las voces y el quehacer tranquilo
de los criados! ¡Qué grandes pensamientos,
qué dulces sueños me inspiró la vista
de esos lejano mar y azules montes
que desde aquí descubro y que pensaba
cruzar un día, arcano mundo, arcana
felicidad fingiendo al vivir mío,
ignaro de mi sino, y cuántas veces
esta vida desnuda y dolorosa
habría cambiado a gusto por la muerte!


Ni el corazón me dijo que sería
condenado a agotar la edad lozana
en este pueblo en que nací, salvaje,
entre una gente vil, grosera, ajena
a doctrina y saber, nombres extraños,
causa de risa y diversión frecuente;
que me odia y huye, no porque me envidie,
que no me ve más que ellos, pero estima
que yo lo crea así, aunque de fuera
no di jamás a nadie muestra de ello.
Aquí paso los años, solo, oculto,
sin vida, sin amor; y, agrio a la fuerza,
en el tropel de los malignos entro:
de piedad me despojo y de virtudes,
y me entrego al desprecio de los hombres
por la grey que conozco: y vuela en tanto
el caro tiempo juvenil; más caro
que la fama, el laurel, más que la pura
luz del día, y el hálito; te pierdo
sin un deleite, inútilmente, en esta
inhumana estadía, entre ansiedades,
oh de la árida vida única rosa.


Viene el viento trayendo el son de la hora
de la torre del pueblo. Era consuelo
este son, me recuerda aquellas noches
cuando muchacho, a oscuras en la estancia,
por asiduos terrores yo velaba,
ansiando el alba. Aquí no existe cosa
que vea u oiga, de la cual no surja
alguna imagen o recuerdo dulce.
Dulce por sí; mas con dolor penetra
el pensar del presente un deseo vano
del pasado, triste aún: decir he sido.
Esa terraza vuelta a los extremos
rayos del día; estos pintados muros,
esos rebaños y ese sol que nace
sobre un campo fingido, al ocio mío
dieron mil goces, mientras me acosaba
mi poderoso error, donde yo fuera,
hablando siempre. En estas viejas salas,
al claror de la nieves, con el viento
silbando alrededor de estas ventanas,
retumbaron mis juegos y mis voces
festivas en el tiempo en que el misterio
agrio y ruin de las cosas se nos muestra
repleto de dulzura; y el chiquillo,
aun intacta su vida engañadora,
como inexperto amante la embellece,
y celeste beldad fingiendo admira.


¡Oh esperanzas, amenas imposturas
de mi primera edad! Siempre regreso
a vosotras hablando; que aunque el tiempo
pase y cambien afectos e intenciones,
no sé olvidaros. Son fantasmas, creo,
la gloria y el honor; dichas y bienes,
mero deseo; la vida no da fruto,
miseria inútil. Y si bien vacíos
son mis años, si bien desierto, oscuro,
es mi estado mortal, poco me quita
la fortuna, bien veo. Pero a veces
pienso en vosotras, esperanzas mías,
y en aquel caro imaginar primero;
por ello veo mi vida tan innoble
y tan doliente, que la muerte es hoy
lo que me queda de esperanza tanta;
siento cerrarse el corazón, que nunca
consolarme sabré de mi destino.
Y cuando incluso esta invocada muerte
esté a mi lado y el final cercano
de mi infortunio, cuando ya la tierra
me sea un valle extranjero, y de mi vista
huya el futuro, de vosotras cierto
me acordaré; y todavía esa imagen
me traerá algún suspiro, me hará amargo
haber vivido en vano, y la dulzura
del día fatal matizará de pena.


Ya en el primero y juvenil tumulto
de alegrías, angustias y deseo
llamé a la muerte a veces; largamente
me senté allí en la fuente meditando
en cesar en sus aguas mi esperanza
y mi dolor. Después, por mal oculto
y repentino al borde de la muerte,
lloré la bella juventud, la rosa
de mis míseros días, que tan pronto
caía; y con frecuencia a horas tardías,
en el lecho sentado, con dolores
a la luz de una vela poetizando,
lamenté con la noche y el silencio
el fugitivo espíritu y, sin fuerzas,
a mí mismo canté fúnebre canto.


¿Quién puede recordaros sin suspiros,
oh principiar de juventud, oh días
inenarrables, tiernos, cuando entonces
al turbado mortal primeramente
sonríen las doncellas, y a porfía
todo sonríe en torno; envidia calla,
aún no despierta o es benigna; y casi
(inusitada maravilla) el mundo
la derecha le ofrece auxiliadora,
excusa sus errores y festeja
su llegada a la vida, y reverente
muestra que por señor lo acoge y llama?
¡Fugaces días! ¡Se han desvanecido
cual relámpago! ¿Y qué mortal ignaro
puede ser de desgracia, si ha dejado
esa hermosa estación, si su buen tiempo,
la juventud, ay, juventud, se ha ido?


¡Oh, Nerina! ¿y de ti quizá no oigo
a este lugar hablar? ¿Quizá has caído
tú de mi pensamiento? ¿Dónde has ido,
que aquí encuentro de ti solo el recuerdo,
dulzura mía? Ya no puede verte
esta tierra natal: esa ventana
donde solías hablarme, esa que ahora
triste reluce de estelares rayos,
está desierta. ¿Dónde estás, que no oigo
tu voz sonar, como en aquellos días,
cuando cada palabra de tus labios
que a mí llegase el rostro me solía
demudar? Otro tiempo. Los días tuyos
fueron, mi dulce amor. Pasaste. A otros
el pasar por la tierra hoy ha tocado,
y el habitar estos fragantes montes.
Pero veloz pasaste; y como un sueño
fue tu vida. Danzando ibas; brillaba
la alegría en tu frente, y en los ojos
un confiado imaginar, un fuego
de juventud: los apagó el destino
y yaciste. ¡Ay, Nerina! Reina en mi alma
el viejo amor. Si voy a alguna fiesta,
si asisto a una reunión, me digo a solas:
Nerina, para fiestas y reuniones
ya no te arreglas más, ya no te mueves.
Si vuelve mayo, y ramos y canciones
van los amantes dando a las muchachas,
digo: Nerina, para ti no vuelve
la primavera ya, el amor no vuelve.
Cada día sereno, cada prado
que admiro, cada goce que disfruto,
digo: Nerina ya no goza; el campo,
el aire, no los ve. Pasaste, eterno
suspiro mío, pasaste. Que acompañe
cada idea mía y cada sentimiento,
los tristes y costosos movimientos
del corazón, este recuerdo amargo.




Se puede encontrar el texto original de Le ricordanze en www.it.wikisource.org/wiki/canti (leopardi)/le ricordanze

11 abr. 2011

TINTERN ABBEY, de William Wordsworth
 
El doctor Johnson tildó de poeta metafísico a John Donne en una época en que la metafísica era todavía una forma aceptada de ficción científica, aunque el mote tuviera origen en una opinión despectiva de John Dryden, el poeta que elogió la Revolución y la Restauración para ejemplo de los muchos que le han seguido. John Donne cantó en los Holy sonnets su amor apasionado por dos extraños seres, padre e hijo, que viven en un tiempo inexistente y tienen un espíritu común, aunque son personas distintas.

William Wordsworth (1770-1850) también cantó amores peculiares, aunque más terrenos. En Tintern Abbey, el poema cuya traducción presento ahora, Wordsworth expresa su amor a la naturaleza, que roza el panteísmo, y el amor a su hermana Dorothy, que bordea el incesto.

Tintern Abbey es el último poema del libro Lyrical Ballads, que se publicó en 1798 y contiene veinte composiciones de William Wordsworth y cuatro de Samuel Coleridge. La crítica literaria considera Lyrical Ballads el libro inaugural de la poesía romántica inglesa.

Sus autores se habían conocido en 1795 y habían establecido una relación de profunda amistad que incluía a Dorothy Wordsworth. Los diarios de ésta, publicados tras su muerte, indican su importante aportación a la elaboración del libro y su estímulo de la capacidad creativa de ambos poetas.

William Wordsworth había visitado en 1793 la comarca de Gales donde se hallan las ruinas de la abadía de Tintern, que no aparece en el poema, salvo en las palabras del título. Cinco años más tarde, vuelve al lugar con Dorothy y recoge en un poema las emociones de la primera visita y las de la segunda. Aunque Lyrical Balladas ya está listo para la edición, Wordsworth incorpora Tintern Abbey para cerrar el libro.
 
LÍNEAS COMPUESTAS UNAS POCAS MILLAS MÁS ALLÁ DE TINTERN ABBEY, VOLVIENDO A LAS ORILLAS DEL WYE DURANTE UN VIAJE. 13 DE JULIO DE 1798.

¡Cinco años ya, cinco veranos largos
como largos inviernos! De nuevo oigo
estas aguas rodar desde su fuente
con un suave murmullo. Otra vez veo
estos riscos abruptos y empinados,
que en un lugar salvaje y solitario
sugieren el retiro más profundo
y conectan el cielo y el paisaje.
Llega el día y reposo aquí de nuevo
bajo este oscuro sicomoro y miro
estas manchas de chozas y de huertos
que, en la estación, sin madurar sus frutos,
se visten de un matiz verde, y se pierden
entre sotos y bosques. Veo de nuevo
estos setos, más bien breves hileras
de bosque juguetón hecho silvestre;
granjas, hasta la misma puerta, verdes,
y espirales de humo entre los árboles,
que se eleva en silencio. Con dudosa
vigilancia, según puede esperarse
de errantes moradores de los bosques
o de algún ermitaño que, en su cueva,
se sienta solitario junto al fuego.

Estas formas, en una larga ausencia,
no han sido para mí como un paisaje
a los ojos de un ciego; con frecuencia
en espacios aislados y entre el ruido
de pueblos y ciudades, me han traído
en horas lasas sensaciones dulces,
sentidas en la sangre y aun pasadas
del corazón hasta la misma mente,
con un tranquilo alivio; sentimientos
de placer olvidado, quizá tales
como tener influjo no liviano
en la vida mejor de un hombre bueno,
sus pequeños, sin nombre, y olvidados
actos de amor y de bondad. No menos
a ellas debo otro don aun más sublime;
ese bendito humor en el que el peso
del misterio, la carga áspera y dura
de este ininteligible mundo todo,
se ilumina; ese humor bueno y sereno
en el que los afectos nos conducen
casi a la suspensión de nuestro aliento
e incluso del fluir de nuestra sangre,
nos echamos dormidos en el cuerpo
y somos un espíritu viviente,
mientras, con ojos hechos a la calma
por el poder de la armonía y el gozo,
escrutamos la vida de las cosas.

Si esto es vana creencia, sin embargo,
a oscuras o a la triste luz del día
en sus múltiples formas, cuántas veces,
cuando la inútil y molesta brega,
y la fiebre del mundo están pendientes
del palpitar del corazón, mi mente
ha vuelto a ti, silvestre Wye, que vagas
a través de los bosques, cuántas veces
he vuelto a ti en espíritu.
                                    Y ahora,
con chispas de muy tenues pensamientos,
con recuerdos borrosos y apagados,
y una perplejidad un poco triste,
la imagen de la mente resucita,
mientras estoy aquí de pie, sintiendo
no sólo el gran placer presente, sino
que en este instante hay vida y alimento
para futuros años. Y así espero,
aunque distinto del que fui, sin duda,
cuando llegué primero a estas colinas;
cuando saltaba, corzo, en las montañas,
junto a ríos profundos, junto a arroyos,
con la naturaleza como guía;
más como hombre que escapa a lo que teme
que el que busca las cosas que él amaba.
Pues la naturaleza entonces era
(idos todos los ásperos placeres
de la niñez y sus alegres brincos)
para mí todo en todo. Yo no puedo
pintar lo que era entonces. Me atraía
la rugiente cascada. La alta roca,
la montaña y el hondo, oscuro bosque,
sus colores y formas me incitaban
un deseo, un amor y un sentimiento
que no necesitaba de otro encanto
del pensamiento, ni interés alguno
salvo el de la visión. Pasó ese tiempo,
y ya no están sus goces dolorosos
y sus éxtasis locos. No por esto
me duelo, ni murmuro, que otros dones
han seguido a esa pérdida; los creo
recompensa abundante. He aprendido
a ver el mundo, no como en la hora
de alegre juventud, sino escuchando
la suave y triste música del hombre,
sin asperezas, aunque con poderes
de castigar y someter. Y siento
una presencia que me mueve al goce
de nobles pensamientos, un sentido
de algo que está unido fuertemente,
cuyo albergue es la luz de los ocasos,
y el arqueado mar, y el aire vivo,
y el cielo azul, y la razón del hombre;
una moción y espíritu que impulsa
a los seres pensantes y pensados
y que rueda a través de toda cosa.
Por tanto soy amante todavía
de praderas, y bosques, y montañas;
y de todo cuanto hay que conozcamos
en esta tierra verde; del gran mundo
del oído y la vista, que crean ambos
lo percibido. Reconozco a gusto
en la naturaleza y los sentidos
el ancla de mis más puras ideas,
la guía y el guardián de mis afectos,
y el alma de mi ser moral entero.

Ni por azar, aun no aprendido esto,
decaería mi talante afable,
porque tú estás conmigo en las orillas
de este río, mi más querida amiga,
querida amiga, y en tu voz percibo
el resonar de mi pasión antigua;
leo en la luz de tu mirar salvaje
mis placeres antiguos. ¡Aún un poco
pueda yo ver en ti lo que yo fuera,
querida hermana! Y hago esta plegaria
sabiendo ya que la naturaleza
nunca traiciona el corazón que la ama;
es privilegio suyo conducirnos
de goce en goce en toda nuestra vida;
pues puede así inspirar la mente nuestra,
así inculcar tranquilidad, belleza,
y alimentar los altos pensamientos,
de modo tal que ni las malas lenguas,
ni juicios imprudentes, ni sarcasmos
egoístas, ni hipócritas saludos,
ni el triste curso de la vida diaria
prevalezca jamás contra nosotros
o nuestra alegre lealtad perturbe,
que todo aquello que miramos lleno
está de bendiciones. ¡Que la luna
te alumbre en tu paseo solitario;
que los brumosos vientos de montaña
te soplen en el rostro, y otros años,
cuando estos locos éxtasis maduren
en un sobrio placer, cuando tu mente
sea mansión de toda forma amable,
tu memoria será como un albergue
para todos los sones y armonías!
¡Si el miedo, o el dolor, o el estar sola
reclaman su porción, con qué alegría
te acordarás de mí y de mis consejos!
¡Y si estuviera donde ya no pueda
oír tu voz ni ver en tu mirada
reflejos de mi ayer, recuerda entonces
que a orillas de esta plácida corriente
hemos estados juntos, que, devoto
de la naturaleza, aquí me vine
tenaz en su servicio; mejor dices
con un ardiente amor, con hondo celo
del más sagrado amor. Recuerda entonces
que, tras mucho vagar y mucha ausencia,
estos abruptos bosques y altos riscos
y este paisaje pastoral los amo
también por la presencia tuya en ellos!
 
Se puede encontrar el texto original de Tintern Abbey en http://www.blupete.com/. 

31 mar. 2011

SONETOS SACROS, de John Donne


La poesía es la letra de la canción, aunque hace mucho tiempo que se independizó de ella. Los aedos cantaban las epopeyas de Homero. La Eneida ya no se cantó, al parecer. Volvieron a cantar los trovadores de Provenza, y luego los madrigalistas del Renacimiento, y la ópera.

Aunque no se cantara, la poesía conservó casi intacto su carácter oral hasta bien entrado el siglo XX. Ni siquiera el ‘poema tipográfico’ de Mallarmé Un coup de dés jamais n’abolira le hasard, en el que se juega con el tamaño de los tipos y su disposición en la página, cuestiona ese carácter. Dice el poeta en el prefacio: "La diferencia de los tipos de imprenta entre el motivo preponderante, uno secundario y adyacentes dicta su importancia a la emisión oral y la situación, en medio, arriba o abajo de la página, marcará que sube o baja la entonación." Más adelante, Mallarmé reconoce que "el intento participa de objetivos particulares y caros a nuestro tiempo, el verso libre y el poema en prosa." Los objetivos de Mallarmé y su tiempo triunfaron a la larga, sobre todo en el caso del verso libre. El poema en prosa, si es lo mismo que el oxímoro llamado prosa poética, no ha tenido gran éxito, al menos en España. Salvo ilustres excepciones (Juan Ramón Jiménez, Gabriel Miró) es casi siempre prosa redicha.

El verso libre ha afectado mucho a la traducción de poesía. Antes de su aparición, la poesía se traducía en verso, es decir "conjunto de palabras sujeto a medida y cadencia", a pesar de la sensata advertencia de Dante: "Y, sin embargo, sepa cada uno que ninguna cosa armonizada por vínculo musaico se puede trasladar de su lengua a otra, sin romper toda su dulzura y armonía." Ningún traductor niega esa pérdida; sólo trata de aminorarla. Traducir poesía en prosa es limitarse a informar de su contenido semántico. Una traducción así no puede cantarse ni recitarse; niega el carácter oral de la poesía.

He disfrutado traduciendo los Holy Sonnets de John Donne (1572-1631), el poeta conceptista inglés, o mejor metafísico, según la arbitraria calificación del Dr. Johnson. Izaak Walton, que escribió su biografía en 1640, dice que vivió varios años en Italia y España y que "regresó perfecto en sus lenguas." También he leído que tenía un libro de poesía de San Juan de la Cruz.

Los Holy Sonnets están escritos en pentámetros yámbicos (un yambo es un pie de dos sílabas, una átona y otra tónica), el verso clásico de Chaucer, Shakespeare, Wordsworth, etc. El soneto inglés difiere del italiano y español: consta de tres cuartetos y un pareado, en lugar de dos cuartetos y dos tercetos. La diferencia afecta básicamente a la organización de las rimas. Aunque he traducido los sonetos en endecasílabos blancos, he mantenido la disposición tipográfica inglesa porque el pareado final (heroic couplet) condensa casi siempre la resolución del concepto planteado.
Verter un soneto inglés en un soneto español supone siempre una pérdida, por pequeña que sea, de significado. Por ejemplo, en el segundo cuarteto del soneto II, el poeta se declara son, servant, sheep, image y temple de Dios. Sólo sheep ha caído en la versión española, con una declaración por verso. En los dos primeros versos del soneto XI hay seis verbos. No he logrado incluir buffet, abofetear. En el soneto XIII the picture of Christ crucified se ha quedado en ‘el crucifijo’. Una pérdida de sentido más grave es la del último verso del segundo cuarteto del soneto XV, donde he traducido Sabbath’ endless rest por ‘descanso’. El segundo verso del segundo cuarteto del soneto XVII To seek thee, God; so streams do show the head lo he traducido "para buscarte, Dios, como venero". Creo, en todo caso, que estas pérdidas no afectan al concepto particular de ninguno de los sonetos, que he procurado salvar de todos los accidentes.
En el margen de esta página se puede encontrar Sonetos sacros, mi traducción de John Donne. El texto original, Holy Sonnets, se puede ver en http://www.luminarium.org/