28 abr. 2011

LOS RECUERDOS, de Giacomo Leopardi

Giacomo Leopardi (1798-1837) escribe Le ricordanze, su poema más autobiográfico, en Recanati, su "salvaje burgo natal", en el verano de 1829. Había vuelto a él en el otoño anterior por la muerte de su hermano Luigi, ocurrida en el mes de mayo, ya que su familia "no espera otro consuelo que mi regreso".
  
   En diciembre escribe a un amigo: "La estancia en Recanati ciertamente no me agrada, y mi salud la padece bastante; pero mi padre no tiene el poder o la voluntad de mantenerme fuera de casa; hago cuenta que mi vida se haya acabado". El día final de 1828 escribe a unas amigas: "En cuanto a Recanati, os respondo que partiré, escaparé, huiré de aquí tan pronto como pueda; pero ¿cuándo podré? […] Entretanto, estad seguras de que mi intención no es permanecer aquí, donde no veo a otros que los míos de casa, y donde moriría de rabia, de aburrimiento y de melancolía, si se muriera de estos males".
  
   Esto escribe a otros. Para sí escribe en el Zibaldone (batiburrillo), un cuaderno comenzado a los diecinueve años, en el que acumula reflexiones, esbozos, apuntes, etc. El 2 de enero de 1829 anota: "Mi filosofía culpa de todo a la naturaleza y, disculpando a los hombres totalmente, dirige su odio, o si no el lamento, a principio más alto, al origen verdadero de los males de los vivientes etc. etc. (sic)".

   En mayo continúa la lamentación epistolar: "la mala salud y la tristeza de esta horrenda estancia han acabado conmigo". Y en septiembre, en los días en que está escribiendo Le ricordanze: "Condenado por falta de medios a esta horrible y detestada residencia, y muerto ya a todo goce y toda esperanza, sólo vivo para partir, y sólo invoco el reposo del sepulcro".

   ¿Qué provoca toda esta desesperación? Hay que decir rápidamente que el mayor poeta romántico de Italia es un pobre jorobado de apenas un metro cuarenta de estatura que no ha conocido el amor ni lo conocerá hasta su muerte unos días antes de cumplir los 39 años. Él atribuye su desdicha física a los años de estudio "desesperado" durante su infancia y adolescencia en la formidable biblioteca de su padre, el conde Monaldo Leopardi. La medicina moderna habla de tuberculosis vertebral.

   Leopardi trató de escapar de Recanati al alcanzar la mayoría de edad (21 años), pero fue descubierto y reintegrado a la casa familiar. Antes de este intento sólo había salido del pueblo una vez, con permiso del padre y acompañado por un erudito amigo, para visitar la capital de la provincia, Macerata. Tenía 20 años. "Hasta ese día nunca, literalmente nunca había estado una hora fuera de mi vista y de la madre", escribe el padre a un amigo.

   En noviembre de 1822 viaja por fin a Roma acompañado de dos tíos y una tía maternos y permanece cinco meses en el palacio familiar Antici-Mattei. Luego vuelve a Recanati por dos años.

   Desde julio de 1825 a noviembre de 1828 vive en Milán, Bolonia, Florencia, Pisa y otra vez Florencia, con una sola estancia en Recanati desde noviembre de 1826 a abril de 1827.

   Ésta en la que escribe Le ricordanze será su última visita al pueblo odiado. Partirá el 29 de abril de 1830. No volverá a ver a sus padres. Los siete años que le quedan de vida serían los de su amistad fraternal con Antonio Ranieri. Filial la llamaría éste.

   Meses antes de escribir el poema, Leopardi anota en el Zibaldone: "Un objeto cualquiera, p. e., un lugar, un sitio, un paisaje, por bello que sea, si no despierta ningún recuerdo, no es poético al verlo. El mismo, y también un sitio, un objeto cualquiera, absolutamente impoético en sí, será poetiquísimo al recordarlo. El recuerdo es esencial y principal en el sentimiento poético, no por otra cosa, sino porque el presente, cualquiera que sea, no puede ser poético, y lo poético, de uno u otro modo, se encuentra siempre que consiste en lo lejano, en lo indefinido, en lo vago".

   Después de leer esto, ¿quién traduciría vaghe stelle dell’Orsa por "bellas estrellas de la Osa", una acepción del término italiano vago que no existe en su homónimo español? Las estrellas son lejanas, indefinidas, vagas.


Los recuerdos (1829)


Vagas estrellas de la Osa, nunca
creí volver al hábito de veros
en el jardín paterno relucientes,
y platicaros desde las ventanas
de este casón donde viví muchacho,
y vi el final de toda mi alegría.
¡Cuánta imagen y cuánta fantasía
creó en mi mente un tiempo vuestra vista
y de las luces compañeras vuestras!
¡Cuando, callado, echado en verde hierba
me pasaba gran parte de las noches
mirando el cielo y escuchando el canto
de la rana remota en la campiña!
La luciérnaga erraba entre los setos
y los parterres, susurrando al viento
los fragantes senderos y cipreses
allá en el bosque; bajo el patrio techo
oía las voces y el quehacer tranquilo
de los criados! ¡Qué grandes pensamientos,
qué dulces sueños me inspiró la vista
de esos lejano mar y azules montes
que desde aquí descubro y que pensaba
cruzar un día, arcano mundo, arcana
felicidad fingiendo al vivir mío,
ignaro de mi sino, y cuántas veces
esta vida desnuda y dolorosa
habría cambiado a gusto por la muerte!


Ni el corazón me dijo que sería
condenado a agotar la edad lozana
en este pueblo en que nací, salvaje,
entre una gente vil, grosera, ajena
a doctrina y saber, nombres extraños,
causa de risa y diversión frecuente;
que me odia y huye, no porque me envidie,
que no me ve más que ellos, pero estima
que yo lo crea así, aunque de fuera
no di jamás a nadie muestra de ello.
Aquí paso los años, solo, oculto,
sin vida, sin amor; y, agrio a la fuerza,
en el tropel de los malignos entro:
de piedad me despojo y de virtudes,
y me entrego al desprecio de los hombres
por la grey que conozco: y vuela en tanto
el caro tiempo juvenil; más caro
que la fama, el laurel, más que la pura
luz del día, y el hálito; te pierdo
sin un deleite, inútilmente, en esta
inhumana estadía, entre ansiedades,
oh de la árida vida única rosa.


Viene el viento trayendo el son de la hora
de la torre del pueblo. Era consuelo
este son, me recuerda aquellas noches
cuando muchacho, a oscuras en la estancia,
por asiduos terrores yo velaba,
ansiando el alba. Aquí no existe cosa
que vea u oiga, de la cual no surja
alguna imagen o recuerdo dulce.
Dulce por sí; mas con dolor penetra
el pensar del presente un deseo vano
del pasado, triste aún: decir he sido.
Esa terraza vuelta a los extremos
rayos del día; estos pintados muros,
esos rebaños y ese sol que nace
sobre un campo fingido, al ocio mío
dieron mil goces, mientras me acosaba
mi poderoso error, donde yo fuera,
hablando siempre. En estas viejas salas,
al claror de la nieves, con el viento
silbando alrededor de estas ventanas,
retumbaron mis juegos y mis voces
festivas en el tiempo en que el misterio
agrio y ruin de las cosas se nos muestra
repleto de dulzura; y el chiquillo,
aun intacta su vida engañadora,
como inexperto amante la embellece,
y celeste beldad fingiendo admira.


¡Oh esperanzas, amenas imposturas
de mi primera edad! Siempre regreso
a vosotras hablando; que aunque el tiempo
pase y cambien afectos e intenciones,
no sé olvidaros. Son fantasmas, creo,
la gloria y el honor; dichas y bienes,
mero deseo; la vida no da fruto,
miseria inútil. Y si bien vacíos
son mis años, si bien desierto, oscuro,
es mi estado mortal, poco me quita
la fortuna, bien veo. Pero a veces
pienso en vosotras, esperanzas mías,
y en aquel caro imaginar primero;
por ello veo mi vida tan innoble
y tan doliente, que la muerte es hoy
lo que me queda de esperanza tanta;
siento cerrarse el corazón, que nunca
consolarme sabré de mi destino.
Y cuando incluso esta invocada muerte
esté a mi lado y el final cercano
de mi infortunio, cuando ya la tierra
me sea un valle extranjero, y de mi vista
huya el futuro, de vosotras cierto
me acordaré; y todavía esa imagen
me traerá algún suspiro, me hará amargo
haber vivido en vano, y la dulzura
del día fatal matizará de pena.


Ya en el primero y juvenil tumulto
de alegrías, angustias y deseo
llamé a la muerte a veces; largamente
me senté allí en la fuente meditando
en cesar en sus aguas mi esperanza
y mi dolor. Después, por mal oculto
y repentino al borde de la muerte,
lloré la bella juventud, la rosa
de mis míseros días, que tan pronto
caía; y con frecuencia a horas tardías,
en el lecho sentado, con dolores
a la luz de una vela poetizando,
lamenté con la noche y el silencio
el fugitivo espíritu y, sin fuerzas,
a mí mismo canté fúnebre canto.


¿Quién puede recordaros sin suspiros,
oh principiar de juventud, oh días
inenarrables, tiernos, cuando entonces
al turbado mortal primeramente
sonríen las doncellas, y a porfía
todo sonríe en torno; envidia calla,
aún no despierta o es benigna; y casi
(inusitada maravilla) el mundo
la derecha le ofrece auxiliadora,
excusa sus errores y festeja
su llegada a la vida, y reverente
muestra que por señor lo acoge y llama?
¡Fugaces días! ¡Se han desvanecido
cual relámpago! ¿Y qué mortal ignaro
puede ser de desgracia, si ha dejado
esa hermosa estación, si su buen tiempo,
la juventud, ay, juventud, se ha ido?


¡Oh, Nerina! ¿y de ti quizá no oigo
a este lugar hablar? ¿Quizá has caído
tú de mi pensamiento? ¿Dónde has ido,
que aquí encuentro de ti solo el recuerdo,
dulzura mía? Ya no puede verte
esta tierra natal: esa ventana
donde solías hablarme, esa que ahora
triste reluce de estelares rayos,
está desierta. ¿Dónde estás, que no oigo
tu voz sonar, como en aquellos días,
cuando cada palabra de tus labios
que a mí llegase el rostro me solía
demudar? Otro tiempo. Los días tuyos
fueron, mi dulce amor. Pasaste. A otros
el pasar por la tierra hoy ha tocado,
y el habitar estos fragantes montes.
Pero veloz pasaste; y como un sueño
fue tu vida. Danzando ibas; brillaba
la alegría en tu frente, y en los ojos
un confiado imaginar, un fuego
de juventud: los apagó el destino
y yaciste. ¡Ay, Nerina! Reina en mi alma
el viejo amor. Si voy a alguna fiesta,
si asisto a una reunión, me digo a solas:
Nerina, para fiestas y reuniones
ya no te arreglas más, ya no te mueves.
Si vuelve mayo, y ramos y canciones
van los amantes dando a las muchachas,
digo: Nerina, para ti no vuelve
la primavera ya, el amor no vuelve.
Cada día sereno, cada prado
que admiro, cada goce que disfruto,
digo: Nerina ya no goza; el campo,
el aire, no los ve. Pasaste, eterno
suspiro mío, pasaste. Que acompañe
cada idea mía y cada sentimiento,
los tristes y costosos movimientos
del corazón, este recuerdo amargo.




Se puede encontrar el texto original de Le ricordanze en www.it.wikisource.org/wiki/canti (leopardi)/le ricordanze

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