11 abr. 2011

TINTERN ABBEY, de William Wordsworth
 
El doctor Johnson tildó de poeta metafísico a John Donne en una época en que la metafísica era todavía una forma aceptada de ficción científica, aunque el mote tuviera origen en una opinión despectiva de John Dryden, el poeta que elogió la Revolución y la Restauración para ejemplo de los muchos que le han seguido. John Donne cantó en los Holy sonnets su amor apasionado por dos extraños seres, padre e hijo, que viven en un tiempo inexistente y tienen un espíritu común, aunque son personas distintas.

William Wordsworth (1770-1850) también cantó amores peculiares, aunque más terrenos. En Tintern Abbey, el poema cuya traducción presento ahora, Wordsworth expresa su amor a la naturaleza, que roza el panteísmo, y el amor a su hermana Dorothy, que bordea el incesto.

Tintern Abbey es el último poema del libro Lyrical Ballads, que se publicó en 1798 y contiene veinte composiciones de William Wordsworth y cuatro de Samuel Coleridge. La crítica literaria considera Lyrical Ballads el libro inaugural de la poesía romántica inglesa.

Sus autores se habían conocido en 1795 y habían establecido una relación de profunda amistad que incluía a Dorothy Wordsworth. Los diarios de ésta, publicados tras su muerte, indican su importante aportación a la elaboración del libro y su estímulo de la capacidad creativa de ambos poetas.

William Wordsworth había visitado en 1793 la comarca de Gales donde se hallan las ruinas de la abadía de Tintern, que no aparece en el poema, salvo en las palabras del título. Cinco años más tarde, vuelve al lugar con Dorothy y recoge en un poema las emociones de la primera visita y las de la segunda. Aunque Lyrical Balladas ya está listo para la edición, Wordsworth incorpora Tintern Abbey para cerrar el libro.
 
LÍNEAS COMPUESTAS UNAS POCAS MILLAS MÁS ALLÁ DE TINTERN ABBEY, VOLVIENDO A LAS ORILLAS DEL WYE DURANTE UN VIAJE. 13 DE JULIO DE 1798.

¡Cinco años ya, cinco veranos largos
como largos inviernos! De nuevo oigo
estas aguas rodar desde su fuente
con un suave murmullo. Otra vez veo
estos riscos abruptos y empinados,
que en un lugar salvaje y solitario
sugieren el retiro más profundo
y conectan el cielo y el paisaje.
Llega el día y reposo aquí de nuevo
bajo este oscuro sicomoro y miro
estas manchas de chozas y de huertos
que, en la estación, sin madurar sus frutos,
se visten de un matiz verde, y se pierden
entre sotos y bosques. Veo de nuevo
estos setos, más bien breves hileras
de bosque juguetón hecho silvestre;
granjas, hasta la misma puerta, verdes,
y espirales de humo entre los árboles,
que se eleva en silencio. Con dudosa
vigilancia, según puede esperarse
de errantes moradores de los bosques
o de algún ermitaño que, en su cueva,
se sienta solitario junto al fuego.

Estas formas, en una larga ausencia,
no han sido para mí como un paisaje
a los ojos de un ciego; con frecuencia
en espacios aislados y entre el ruido
de pueblos y ciudades, me han traído
en horas lasas sensaciones dulces,
sentidas en la sangre y aun pasadas
del corazón hasta la misma mente,
con un tranquilo alivio; sentimientos
de placer olvidado, quizá tales
como tener influjo no liviano
en la vida mejor de un hombre bueno,
sus pequeños, sin nombre, y olvidados
actos de amor y de bondad. No menos
a ellas debo otro don aun más sublime;
ese bendito humor en el que el peso
del misterio, la carga áspera y dura
de este ininteligible mundo todo,
se ilumina; ese humor bueno y sereno
en el que los afectos nos conducen
casi a la suspensión de nuestro aliento
e incluso del fluir de nuestra sangre,
nos echamos dormidos en el cuerpo
y somos un espíritu viviente,
mientras, con ojos hechos a la calma
por el poder de la armonía y el gozo,
escrutamos la vida de las cosas.

Si esto es vana creencia, sin embargo,
a oscuras o a la triste luz del día
en sus múltiples formas, cuántas veces,
cuando la inútil y molesta brega,
y la fiebre del mundo están pendientes
del palpitar del corazón, mi mente
ha vuelto a ti, silvestre Wye, que vagas
a través de los bosques, cuántas veces
he vuelto a ti en espíritu.
                                    Y ahora,
con chispas de muy tenues pensamientos,
con recuerdos borrosos y apagados,
y una perplejidad un poco triste,
la imagen de la mente resucita,
mientras estoy aquí de pie, sintiendo
no sólo el gran placer presente, sino
que en este instante hay vida y alimento
para futuros años. Y así espero,
aunque distinto del que fui, sin duda,
cuando llegué primero a estas colinas;
cuando saltaba, corzo, en las montañas,
junto a ríos profundos, junto a arroyos,
con la naturaleza como guía;
más como hombre que escapa a lo que teme
que el que busca las cosas que él amaba.
Pues la naturaleza entonces era
(idos todos los ásperos placeres
de la niñez y sus alegres brincos)
para mí todo en todo. Yo no puedo
pintar lo que era entonces. Me atraía
la rugiente cascada. La alta roca,
la montaña y el hondo, oscuro bosque,
sus colores y formas me incitaban
un deseo, un amor y un sentimiento
que no necesitaba de otro encanto
del pensamiento, ni interés alguno
salvo el de la visión. Pasó ese tiempo,
y ya no están sus goces dolorosos
y sus éxtasis locos. No por esto
me duelo, ni murmuro, que otros dones
han seguido a esa pérdida; los creo
recompensa abundante. He aprendido
a ver el mundo, no como en la hora
de alegre juventud, sino escuchando
la suave y triste música del hombre,
sin asperezas, aunque con poderes
de castigar y someter. Y siento
una presencia que me mueve al goce
de nobles pensamientos, un sentido
de algo que está unido fuertemente,
cuyo albergue es la luz de los ocasos,
y el arqueado mar, y el aire vivo,
y el cielo azul, y la razón del hombre;
una moción y espíritu que impulsa
a los seres pensantes y pensados
y que rueda a través de toda cosa.
Por tanto soy amante todavía
de praderas, y bosques, y montañas;
y de todo cuanto hay que conozcamos
en esta tierra verde; del gran mundo
del oído y la vista, que crean ambos
lo percibido. Reconozco a gusto
en la naturaleza y los sentidos
el ancla de mis más puras ideas,
la guía y el guardián de mis afectos,
y el alma de mi ser moral entero.

Ni por azar, aun no aprendido esto,
decaería mi talante afable,
porque tú estás conmigo en las orillas
de este río, mi más querida amiga,
querida amiga, y en tu voz percibo
el resonar de mi pasión antigua;
leo en la luz de tu mirar salvaje
mis placeres antiguos. ¡Aún un poco
pueda yo ver en ti lo que yo fuera,
querida hermana! Y hago esta plegaria
sabiendo ya que la naturaleza
nunca traiciona el corazón que la ama;
es privilegio suyo conducirnos
de goce en goce en toda nuestra vida;
pues puede así inspirar la mente nuestra,
así inculcar tranquilidad, belleza,
y alimentar los altos pensamientos,
de modo tal que ni las malas lenguas,
ni juicios imprudentes, ni sarcasmos
egoístas, ni hipócritas saludos,
ni el triste curso de la vida diaria
prevalezca jamás contra nosotros
o nuestra alegre lealtad perturbe,
que todo aquello que miramos lleno
está de bendiciones. ¡Que la luna
te alumbre en tu paseo solitario;
que los brumosos vientos de montaña
te soplen en el rostro, y otros años,
cuando estos locos éxtasis maduren
en un sobrio placer, cuando tu mente
sea mansión de toda forma amable,
tu memoria será como un albergue
para todos los sones y armonías!
¡Si el miedo, o el dolor, o el estar sola
reclaman su porción, con qué alegría
te acordarás de mí y de mis consejos!
¡Y si estuviera donde ya no pueda
oír tu voz ni ver en tu mirada
reflejos de mi ayer, recuerda entonces
que a orillas de esta plácida corriente
hemos estados juntos, que, devoto
de la naturaleza, aquí me vine
tenaz en su servicio; mejor dices
con un ardiente amor, con hondo celo
del más sagrado amor. Recuerda entonces
que, tras mucho vagar y mucha ausencia,
estos abruptos bosques y altos riscos
y este paisaje pastoral los amo
también por la presencia tuya en ellos!
 
Se puede encontrar el texto original de Tintern Abbey en http://www.blupete.com/. 

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